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Depósito de ponencias, discusiones y ocurrencias de un grupo de profesores cosmopolitas en Jaén, unidos desde 2004 por el cultivo de la filosofía y la amistad, e interesados por la renovación de la educación y la tradición hispánica de pensamiento.

domingo, 3 de noviembre de 2019

PALABRAS DE BOURDIEU


En lugar del ensimismamiento en el que nos tienen los dirigentes hispanos elige que te elige, declara y contra declara sin hacer nada positivo ni eficiente a parte de suministrar titulares a la prensa, más nos valdría preocuparnos por la realidad del mundo en que vivimos. 

Palabras del sociólogo Pierre Bourdieu en el año 2000 que considero son de plena actualidad:

LA MANO INVISIBLE DE LOS PODEROSOS

Tenemos una Europa de los bancos y de los banqueros, una Europa de las empresas y de los patronos, una Europa de los cuerpos de policía y de los policías, pronto tendremos una Europa de los ejércitos y de los miltares, pero, aunque existe una Federación Europea de Sindicatos, no puede decirse que la Europa de los sindicatos y de las asociaciones exista realmente; asimismo, a pesar de los incontables coloquios en los que se diserta sobre Europa y las innumerables instituciones académicas en las que se habla académicamente de los problemas europeos, la Europa de los artistas, escritores y pensadores existe sin duda mucho menos de lo que ha existido en otras épocas del pasado.
Lo paradójico es que, a esta Europa que se construye en torno a los poderes y a los poderosos, y que es tan poco europea no se la puede criticar sin exponerse a ser confundido con las resistencias arcaicas de un nacionalismo reaccionario y a contribuir así a hacerla aparecer como moderna si no progresista.

Hay que hacer existir lo que tiene de más europeo la tradición europea, es decir, un movimiento social crítico, un movimiento de crítica social, capaz de someter el trabajo de la construcción europea a una contestación eficaz, es decir lo bastante fuerte intelectual y políticamente para hacerse oír y producir efectos reales. Esta contestación crítica no tiende a anular el proyecto europeo, sino al contrario, a radicalizarlo y a partir de ahí, hacerlo más próximo a los ciudadanos y en particular a los mas jóvenes, a esos a los que se les suele llamar despolitizados, cuando simplemente están asqueados de la política que les ofrecen los políticos. Hay que devolver un sentido a la política y para ello proponer proyectos de futuro capaces de dar un sentido al mundo económico y social que ha conocido, a lo largo de los últimos años inmensas transformaciones.

Recordamos que en los años 30 Bearle y Means describían la llegada de los managers en detrimento de los owners, los accionistas. Actualmente se asiste a un retorno de los owners pero que es solo aparente: no tienen más poder que en la época de la tecnoestructura de Galbraith. De hecho, los amos de la economía ya no son managers sometidos a la tiranía de los índices de beneficio, es decir los PDG susceptibles de ser felicitados o despedidos, casi siempre con formidables indemnizaciones, en función del examen trimestral del valor accionarial que han obtenido o los ejecutivos que son pagados a corto plazo con el porcentaje de los negocios que aportan y que siguen día a día las cotizaciones de la Bolsa, de la que depende el valor de las stock options. Pero tampoco son los owners, es decir los pequeños titulares individuales de acciones como desearía la mitología de la “democracia de los accionistas”.
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De hecho son los gestores de las grandes instituciones (fondos de pensiones, grandes compañías de seguros y sobre todo en EEUU, fondos de inversión colectivos, Money market funds o mutual funds los que dominan hoy el campo del capital financiero en el que este capital financiero es una baza y un arma (como también ciertas formas de capital cultural que pueden movilizar con gran eficacia simbólica, los asesores especializados, los analistas y las autoridades monetarias). Debido a este hecho poseen un formidable poder de presión, tanto sobre las empresas como sobre los Estados. Están en condiciones de imponer la obligación que se les impone a ellos de obtener lo que Frédéric Lordon llama, haciendo referencia irónica al salario mínimo, una renta accionarial mínima garantizada del capital; presentes en los consejos de administración de las empresas, están obligados por la lógica del sistema que dominan a imponerla obtención de beneficios cada vez más altos (12, 15, y hasta 18% del capital invertido) que las sociedades solo pueden alcanzar a fuerza de despidos. Descargan así la obligación del beneficio a corto plazo, constituido en finalidad práctica de todo el sistema, despreciando las consecuencia ecológicas y sobre todo humanas, sobre los managers, que a su vez se ven impelidos a hacer recaer la amenaza en los asalariados, sobre todo a través de los despidos. En fin, como los dominantes en este juego están dominados por las reglas del juego que dominan, la del beneficio este campo funciona como una máquina infernal sin sujeto que impone su ley a los Estados y a las empresas.

En las empresas también es la obtención del beneficio a corto plazo lo que rige todas las decisiones, sobre todo la política de contratación sometida al imperativo de la flexibilidad y de movilidad ( con contratos a corto plazo o temporales), la individualización de la relación salarial y la ausencia de planificación a largo plazo, sobre todo en materia de mano de obra. Con la amenaza constante de la reducción de personal, toda la vida de los asalariados queda bajo el signo de la inseguridad y la incertidumbre. Si el sistema anterior garantizaba la seguridad en el empleo y un nivel de remuneración relativamente alto que, al alimentar la demanda, sostenía el crecimiento y el beneficio, el nuevo modo de producción persigue el máximo beneficio reduciendo la masa salarial mediante el recorte de salarios y los despidos, con lo que el accionista sólo tiene que preocuparse de las cotizaciones en Bolsa, de las que depende su renta nominal, y de la estabilidad de los precios, que debe mantener la renta real al mismo nivel que la nominal. De esta forma se ha instituido un régimen económico que es inseparable del régimen político, un modo de producción que implica un modo de dominación basado en la institución de la inseguridad, la dominación por la precariedad: un mercado financiero desregulado favorece un mercado de trabajo desregulado, por tanto un trabajo precario que impone a los trabajadores la sumisión.
Las empresas están gestionadas por una dirección racional que utiliza el arma de la inseguridad para situar a los trabajadores en situación de riesgo, de estrés, de tensión. A diferencia de la precariedad tradicional de los servicios y de la construcción, la precariedad institucionalizada de las empresas del futuro se convierte en principio de la organización del trabajo y en estilo de vida. Como ha demostrado Giles Balbastre, algunas empresas de televenta o telemarketing, cuyos asalariados tienen que telefonear a domicilio para vender los productos, han creado un régimen que, desde el punto de vista de la productividad, del control y de la vigilancia, de los horarios de trabajo y de la ausencia de carrera, es un verdadero taylorismo de los servicios. A diferencia de los obreros especializados del taylorismo, los asalariados suelen estar muy cualificados. Pero el prototipo de la obrera especializada de la “nueva economía” es sin duda, la cajera del supermercado, convertida por la informatización del registro de los precios en una auténtica trabajadora en cadena, cuyas cadencias están sometidas a minutaje, cronometradas, controladas, y cuyo empleo del tiempo varía en función de las variaciones del flujo de clientes: no tiene ni la vida ni el estilo de una trabajadora de fábrica, pero ocupa una posición equivalente en la nueva estructura.

A través de estas empresas que contribuyen a crear una visión del mundo consumista y que no ofrecen ninguna seguridad a sus asalariados, se anuncia una realidad económica que se acerca a la filosofía social inherente a la teoría neoclásica: como si la filosofía instantaneísta, individualista, ultrasubjetivista de la economía neoclásica hubiese encontrado en la política neoliberal el medio de hacerse verdadera, creando las condiciones de su propia verificación. Este sistema en inestabilidad crónica se halla estructuralmente expuesto al riesgo, y no sólo porque la crisis, unida a los vaivenes especulativos lo amenaza sin cesar como una espada de Damocles. Se ve de pasada que, cuando exaltan la llegada de la sociedad del riesgo y recrean en torno a ella el mito de la transformación de todos los asalariados en pequeños empresarios dinámicos, Ulrich Beck y Anthony Giddens no hacen más que constituir en normas de las prácticas de los dominados las reglas impuestas a estos últimos por las necesidades de la economía, de las que los dominantes saben perfectamente cómo salvarse.

Pero la consecuencia principal de este nuevo modo de producción es la instauración de una economía dual. La dualidad de los estatutos y de los salarios aumenta sin cesar: los empleos subalternos de servicios, mal pagados, de escasa productividad, no cualificados o subcualificados y sin posibilidad de promoción, en fin, los empleos desechables de una sociedad de servidores se multiplican.
Según Jean Gadrey que cita una encuesta norteamericana de los 30 jobs que van a crecer más, 17 no exigen ninguna cualificación y 8 exigen una cualificación superior. En la otra punta del espacio social, los ejecutivos, conocen una nueva forma de alienación. Ganan mucho dinero pero no tienen tiempo para gastarlo. Agotados por el exceso de trabajo, estresados, amenazados de despido y sin embargo entregados a la empresa en cuerpo y alma.

Por más que digan los profetas de la nueva economía donde mejor se ve este dualismo es en los usos sociales de la informática. Los vates de la nueva economía y de la visión Silicon Valley tienden a considerar los cambios económicos y sociales que observamos como un efecto fatal de la tecnología, cuando son el resultado de los usos sociales económica y socialmente condicionados a que son sometidos. En realidad, contrariamente a la ilusión de la novedad sin precedentes, las presiones estructurales inscritas en el orden social, como la lógica de transmisión del capital cultural y escolar, que es la condición del dominio real de las nuevas herramientas tanto técnicas como financieras, siguen pesando en el presente y dando forma a lo inédito e insólito.
El análisis estadístico de los usos y los usuarios de la informática muestra que hay una brecha muy grande entre los interactores y los intereactuados, y que está originada por la distribución desigual del capital cultural y la transmisión familiar del capital. El usuario estándar de la infromática es un hombre (año 2000), de menos de 35, con estudios superiores, renta alta, urbano de habla inglesa. Y apenas hay nada en común entre los virtuosos que pueden crear por sí mismos sus programas y los nuevos trabajadores en cadena de la informática, como los operadores de telefonía que hacen 3 turnos para mantener la hot line de los proveedores de acceso las 24 h del día o los net surfistas que copian y pegan y que atomizados, aislados, desprovistos de toda representación, están destinados a la rotación. Asimismo, en el ámbito de los usos económicos y financieros, los que están conectados a Internet y disponen de terminales o de software que les permiten comerciar y efectuar operaciones bancarias a domicilio se oponen a los que están al margen de esta red. Y el mito según el cual Internet debe cambiar las relaciones Norte y Sur es brutalmente desmentido por los hechos: en 1997, el 20% más rico de la población mundial representaba el 93,3% de los usuarios de Internet y el 20% más pobre, el 0,2%. Lo inmaterial tanto a nivel de las naciones como de los individuos, se basa en estructuras muy reales, como los sistemas de enseñanza o los laboratorios, por no hablar de los bancos y las empresas.

En el seno de las sociedades más ricas, este dualismo se apoya , en gran parte, en la distribución desigual del capital cultural, que, además de seguir determinado significativamente por la división del trabajo, constituye un instrumento muy importante de sociodicea. La clase dirigente debe sin duda su extraordinaria arrogancia al hecho de que, al estar dotada de un fuerte capital cultural, de origen escolar pero también no escolar, se siente perfectamente justificada para existir tal como existe. El título no sólo es un título de nobleza escolar, es percibido como una garantía de inteligencia natural, de don. De esta forma la nueva economía tiene todas las propiedades para aparecer como el mejor de los mundos, en el sentido de Huxley: es global, y los que lo dominan son internacionales, políglotas y policulturales (por oposición a los locales, nacionales o provinciales); es inmaterial, produce y hace circular objetos inmateriales, información, productos culturales. También puede aparecer como una economía de la inteligencia, reservada a personas inteligentes.

La sociodicea adquiere aquí la forma de un racismo de la inteligencia. Desde ahora, los pobres no son pobres, como en el siglo XIX, porque son poco previsores, malgastadores, intemperantes, etc sino porque son  imbéciles, incapaces intelectualmente, idiotas. En fin, solo tienen lo que se merecen escolarmente. Algunos economistas, como Gary Becker, pueden encontrar en un neodarwinismo que presenta la racionalidad postulada por la teoría económica como el producto de la selección natural de los mejores, la justificación imparable del reino de “the best and the brightest”. Y el círculo se cierra cuando la economía pide a las matemáticas (convertidas en uno de los instrumentos principales de la selección social) la justificación epistemocrática más indiscutible del orden establecido. Las víctimas de un modo de dominación tan poderoso, que pueden apelar a un principio de dominación y de legitimación tan universal como la racionalidad (transmitido por el sistema escolar) se ven afectadas muy profundamente en su propia imagen. Sin duda este sesgo nos permite establecer la relación a menudo desapercibida o incomprendida, entre las políticas neoliberales y algunas formas fascistoides de revuelta de los que, sintiéndose excluidos del acceso a la inteligencia y a la modernidad, se refugian en lo nacional y el nacionalismo.

En realidad si la visión neoliberal es difícil de combatir es porque siendo conservadora se presenta como progresista y porque puede achacar al conservadurismo, o sea al arcaísmo, todas las críticas y sobre todo las que se oponen a la destrucción de las conquistas sociales del pasado. Por eso los gobiernos que apelan a la socialdemocracia pueden meter en el mismo saco, con la amalgama comunista-fascista- las críticas de los que les reprochan haber renegado de su programa socialista y las de las víctimas de que hayan renegado, que les reprochan lo que creen que es su socialismo.

El neoliberalismo tiende a destruir el Estado social, la mano izquierda del Estado (del que es fácil demostrar que es el garante de los intereses de los dominados, desprovistos cultural y económicamente, mujeres, etnias estigmatizadas, etc). El caso más ejemplar es el de la sanidad que la política neoliberal ataca por sus 2 extremos contribuyendo al incremento de enfermos y enfermedades (a través de la correlación entre miseria, causas estructurales, y enfermedad: alcoholismo, droga, delincuencia, accidentes laborales, etc.) y reduciendo los recursos y la atención sanitaria.

En algunos países de Europa como Francia, presenciamos la aparición de una nueva forma de trabajo social con funciones múltiples que acompaña la reconversión colectiva al neoliberalismo: por una parte, emplear a poseedores de títulos escolares desvalorizados, a menudo generosos y militantes, haciéndoles formar a gente que ocupa una posición homóloga; por otra parte, dormir-formar a los salidos de la escuela que nadie quiere proponiéndoles una ficción de trabajo y convirtiéndoles en asalariados sin salario, en empresarios sin empresa, en estudiantes prolongados sin esperanza de títulos ni cualificación. Todas estas modalidades de formación social que estimulan una especie de automistificación colectiva (sobre todo por lo borroso de la frontera entre trabajo y no trabajo, entre estudio y trabajo…)y una creencia en un universo de sucedáneos cuyo símbolo es la idea de “proyecto”, se basan en una filosofía social caritativa y una sociología soft, que se cree comprensiva y que, deseando adoptar el punto de vista de los sujetos que quiere poner en acción, está condenada a reproducir la visión mistificada y mistificadora del trabajo social (en las antípodas de una sociología rigurosa, destinada a aparecer, desde este punto de vista, como determinista   y pesimista porque habla de las estructuras y sus efectos).

Frente a un modo de dominación tan complejo y refinado, en el que el poder simbólico tiene un lugar tan importante, hay que inventar nuevas formas de lucha. Dado el lugar particular de las ideas en este dispositivo, los investigadores tienen un papel eminente que desempeñar. Para ello deben contribuir a dar a la acción política nuevos fines, la demolición de las creencias dominantes, y nuevos medios, armas técnicas, basadas en la investigación y en el dominio de los trabajos científicos y armas simbólicas, capaces de socavar las creencias comunes dando una forma sensible a las adquisiciones de la investigación.

El movimiento social europeo que hay que crear tiene como objetivo una utopía, es decir una Europa en la que todas las fuerzas sociales críticas, hoy muy distintas y muy dispersas, estarían lo bastante integradas y organizadas para ser una fuerza de movimiento crítico; y el propio movimiento tiene algo de utópico, tan inmensos son los obstáculos, lingüísticos, técnicos, económicos, para esta unión. La multiplicidad y la diversidad de los objetivos que nosotros nos proponemos, son en realidad la primera y la principal justificación de una tarea colectiva que pretende unificar e integrar, sin anexionar ni monopolizar, trabajando para ayudar a los individuos y a las organizaciones comprometidas en este terreno a superar los efectos de la competencia. Se trata de proponer un conjunto coherente de propuestas alternativas, elaboradas conjuntamente por investigadores y actores (evitando toda clase de instrumentalización de los primeros por los segundos y viceversa) y capaces de unificar el movimiento social superando las divisiones entre las tradiciones nacionales y, dentro de cada nación, entre las categorías sociales (trabajadores y parados especialmente), los sexos, las generaciones, los orígenes étnicos (inmigrados y nacionales). Solo a costa del inmenso trabajo colectivo que es necesario para coordinar las actividades críticas, a la vez, teóricas y prácticas, de todos los movimientos sociales surgidos de la voluntad de colmar las lagunas de la acción política despolitizante de la socialdemocracia en el poder, podrán inventarse las estructuras de investigación, de discusión y de movilización a varios niveles (internacional, nacional y local) que inscribirán poco a poco en las cosas y en las mentes una nueva manera de hacer política.

De Pierre Bourdieu en Contrafuegos 2, por un movimiento social europeo, Anagrama 2001




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