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Depósito de ponencias, discusiones y ocurrencias de un grupo de profesores cosmopolitas en Jaén, unidos desde 2004 por el cultivo de la filosofía y la amistad, e interesados por la renovación de la educación y la tradición hispánica de pensamiento.

martes, 26 de diciembre de 2017

KARL JASPERS: LA INDEPENDENCIA DEL FILÓSOFO




Un segundo límite de la independencia es que por sí sola se vuelve nada.

La independencia se ha formulado negativamente como libertad de temor, como indiferencia para el infortunio y la fortuna, como imperturbabilidad del pensamiento puramente contemplativo, como impasibilidad ante los sentimientos e impulsos. Pero lo que aquí se hacía independiente es un
simple punto de un yo en general.

El contenido de la independencia no viene de ella misma. No es la fuerza de una disposición, la vitalidad, la raza, no es la voluntad de poder, no es el crearse a uno mismo.

El filosofar brota de una independencia en el mundo que es idéntica a la vinculación absoluta por su trascendencia. Una presunta independencia sin vinculación pronto nos devuelve a un pensar vacuo, es decir, a un pensar formal, sin estar presente el contenido, sin participar en la idea, sin tener los cimientos de la existencia. Esta independencia se convierte en la arbitrariedad ante todo del negar. No les cuesta nada ponerlo todo en cuestión, sin contar con potencia alguna que limite y dirija la cuestión.

Contra esto se alza la tesis radical de Nietzsche: únicamente si no hay Dios se hace libre el hombre. Pues si hay Dios no crece el hombre, porque por decirlo así desemboca constantemente en Dios como un agua no represada que no adquiere fuerza. Pero contra Nietzsche habría que decir, usando la misma imagen, justamente lo contrario: únicamente cuando mira a Dios se eleva el hombre, en lugar de desembocar irreprimiblemente en la inanidad del mero correr de la vida.

Un tercer límite de nuestra posible independencia es la constitución fundamental de nuestro ser de hombres. En cuanto hombres estamos sujetos a errores básicos de los que no podemos arrancarnos. Con el primer despertar de nuestra conciencia ya caemos en ilusiones.

La Biblia interpreta esto míticamente con la caída en el pecado. En la filosofía de Hegel se ilustra de un modo grandioso la autoenajenación del hombre. Kierkegaard muestra contundentemente lo que hay de demoníaco en nosotros: al encerrarnos desesperadamente en nosotros mismos. En la sociología se habla toscamente de las ideologías y en la psicología de los complejos que nos dominan.

¿Podemos hacernos dueños de las compulsiones y olvidos, de los encubrimientos y simulaciones, de las perversiones para llegar verdaderamente a nuestra independencia? Pablo ha mostrado que no podemos ser verdaderamente buenos. Pues sin saber no es posible un buen obrar, pero si sé de mi obrar como bueno, ya he incurrido en orgullo, en seguridad. Kant ha mostrado cómo, cuando obramos bien, este obrar hace condición suya del motivo oculto de no dañar demasiado a nuestra dicha, con lo que se vuelve impuro. Este mal radical no podemos superarlo.

Nuestra independencia ha menester de ayuda. Sólo podemos esforzarnos y tenemos que esperar que, de un modo invisible para el mundo, venga inconcebiblemente a ayudarnos en nuestro interior lo que nos arranque de la perversión. Nuestra posible independencia es siempre dependencia respecto de la trascendencia:

¿Cómo describir la posible independencia del filosofar hoy?

No inscribirse en ninguna escuela filosófica, no tener ninguna verdad por enunciable en cuanto tal por la sola y única exclusivamente, hacerse señor de los propios pensamientos. No amontonar riquezas filosóficas, sino ahondar el filosofar como movimiento. Pugnar por la verdad y la humanidad en una comunicación sin condiciones. Hacerse capaz de aprender a apropiarse todo lo pasado, de oír a los contemporáneos y de llegar a estar en franquía para todas las posibilidades.

Y en cada caso y cuanto soy este individuo sumirme en la propia historicidad, en esta procedencia, en esto que he hecho, tomando sobre mí lo que fui, llegué a ser y se me deparará: No cesar de progresar a través de la propia historicidad, en el sentido de la humanidad en su intensidad y con ello del cosmopolitismo.

Apenas creemos en un filósofo que no se deje atacar, no creemos en la tranquilidad del estoico, ni siquiera apreciamos la imperturbabilidad, pues es nuestro mismo humano ser lo que nos sume en la pasión y el temor, lo que nos hace experimentar, en medio de las lágrimas y del júbilo lo que existe. Por ende, sólo llegamos a ser nosotros mismos en el remontarnos por encima de la sujeción a las pasiones, no con la extirpación de éstas. Por eso tenemos que atrevernos a ser hombres y a hacer lo que podemos para avanzar hasta una independencia con contenido. Entonces padeceremos sin quejarnos, dudaremos sin hundirnos, nos conmoveremos sin derrumbarnos totalmente, cuando se haga dueño de nosotros lo que brotará de nosotros como independencia interior.

Pero filosofar es la escuela de esta independencia, no la posesión de la independencia.

Karl Jaspers, La filosofía desde el punto de vista de la
existencia
(1949)

1 comentario:

José Biedma dijo...

Genial, el texto de Jaspers, Ana. Y muy oportuno. He retocado levemente la traducción y corregido algún solecismo. Las recomendaciones del filósofo para una verdadera independencia filosófica son magistrales. Siempre he pensado que hubiera merecido más atención que su traicionero compañero nazi. Enlazo el texto en las redes.