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Depósito de ponencias, discusiones y ocurrencias de un grupo de profesores cosmopolitas en Jaén, unidos desde 2004 por el cultivo de la filosofía y la amistad, e interesados por la renovación de la educación y la tradición hispánica de pensamiento.

sábado, 1 de octubre de 2016

LA SUERTE DECISIVA


Sofía es una enfermera española que emigró para conseguir un puesto en un hospital francés privado. Luego pasó a la sanidad pública francesa. La chica se sorprendía de cómo en aquel país, tan próximo geográficamente al nuestro, los padres y las madres dejaban a sus hijos solos después de una operación de apendicitis para irse a trabajar, y de cómo las enfermeras y los médicos se trataban de usted… No es simplemente una cuestión de politesse, aunque también, sino una cuestión de distancias, de individualismo consagrado, de aplicación sistemática del principio “la confianza da asco”, que fuerza al oscurecimiento deliberado de los propios sentimientos, a la opacidad comunicativa, a ocultar el propio calor, el propio sudor, del propio olor. Todo con mucha propiedad, muy limpiamente.

Es el caso de los personajes del excelente drama intimista de Stéphane Brizé: Quelques heures de printemps (2012). A un ritmo nórdico, bergmiano, y en secuencias largas de primeros planos, trascurre esta obra de autor que puede describirse como teatro filmado. Todo lo que pasa, pasa en las mentes, pero la acción humilde embebe y arroja indicios suficientes para la interpretación de lo que bulle en los espíritus.

Una madre y un hijo incapaces de mostrarse afecto, incapaces de compartir lo más íntimo de su humanidad, ¡y no me refiero al sexo!, sino a algo más decisivo y menos comercial que el incesto. ¡Particularmente difícil interpretar a personajes que hacen de la inexpresión y la duda su religión! Representar esa impotencia de comunicar afectos, ese pudor insuperable. ¿No es esta razón, la razón de la fe, de la convicción dogmática de los personajes, lo que nos da tanta vergüenza ajena en el cine arcaico, que es el cine de hace dos días?

Hélène Vincent (Yvette), la madre fría y distante, y Vincent Lindon (Alain, expresidiario con baja autoestima) lo consiguen plenamente. Vamos captando lo que sienten, pero no lo dicen. Enmanuelle Seigner está perfecta en su corto papel de amante que no soporta los secretos de Alain. Conoce su cuerpo desnudo, pero no sabe nada de su alma, de su biografía, pues Alain se avergüenza de haber estado en la cárcel y de trabajar en una planta de reciclaje, separando basuras, en el más bajo lugar del escalafón profesional, ese que los países “desarrollados” reservamos para inmigrantes negros. 

Y resulta profundamente conmovedor el personaje de Monsieur Lalouette, el buen samaritano, el vecino afectuoso, el intermediario predispuesto por su generosidad al cada vez más decisivo papel de resolver conflictos entre mentes presas de sus miedos, como si de puzles de mil piezas se tratara.
En la casa de la viuda Yvette Evrard, en la que se refugia sin convicción su hijo camionero, recién salido de la cárcel por un delito menor de tráfico de drogas, las palabras y los gestos afectuosos sólo los recibe la perra, cuyo afecto se disputan madre e hijo. Afecto al chucho aún distante por parte de la madre, que no tiene inconveniente en envenenar al animal para reconciliarse con el hijo sin necesidad de humillar su orgullo herido.

Hago una digresión aquí para referir a este asunto del mascotismo y por extensión del “animalismo”, ese sucedáneo de las relaciones personales satisfactorias, cada vez más en crisis, ese sucedáneo del humanismo que nació de la retórica, de la dialéctica, del arte de la conversación íntima... Y me viene a las mientes un texto lúdico, humorístico, irónico y lúcido, de C. S. Lewis, uno de mis autores y pensadores favoritos:

“Si usted necesita que le necesiten, y en su familia, muy justamente, declinan necesitarle a usted, un animal es obviamente el sucedáneo. Puede usted tenerle toda su vida necesitado de usted. Puede mantenerle en la infancia permanentemente, reducirlo a una perpetua invalidez, separarlo de todo lo que un auténtico animal desea y, en compensación, crearle la necesidad de pequeños caprichos que sólo usted puede ofrecerle. La infortunada criatura se convierte así en algo muy útil para el resto de la familia: hace de sumidero o desagüe, está usted demasiado ocupado estropeando la vida de un perro para poder estropeársela a ellos”.

Hijo y madre, heridos por la vida, acarician continuamente al perro, le dan hasta azúcar, pero usan un lenguaje lacónico, áspero, amargo entre ellos, sobre un fondo que no puede estar más limpio de polvo y paja, un marco tan austero y gélido como las relaciones personales…, y el protagonista acaba saltando contra el orden inflexible de la madre en inútiles ataques de odio e ira, a los que sigue la vergüenza y la culpa.

La madre vive su agonía por cáncer terminal con una extraordinaria fortaleza de ánimo y una muy estoica dignidad. ¡Ni Séneca hubiera tomado tan serenamente la decisión de su propia muerte!


La película acaba  en una quietud apropiada al hermoso panorama de los alpes suizos, una quietud en que se reconcilian vida y muerte, en la que por fin, ante el decidido final (suicidio asistido), la madre es capaz de decirle a su hijo que le quiere y este la abraza en la hora de la verdad, la hora decisiva, esa misma que los tauromáquicos contemplamos sin escrúpulos en el sacrificio ritualizado de la res. Esa reconciliación deja al espectador con el sentimiento de un logro salvador. Redime del desamor. Pero también nos deja un nudo grande en la garganta. Tal vez porque se nos encoja cada vez más el corazón.

4 comentarios:

Ana A dijo...

Con respecto al primer párrafo me parece que es un asunto de diferencias culturales
tratarse de usted y dejar al enfermo solo, a veces es lo
que el enfermo necesita, el jaleo que
se suele armar en algunos hospitales en horas de visita tampoco me
parece terapéutico.
Me llamó más la atención como la decsión final
de la muerte planea sobre el día a día y vuelve todo lo cotidiano
mucho más grave y serio, el viaje a Suiza por la carretera que
atraviesa el bosque sabe
a despedida de la vida.

Amelia Fernández dijo...

Pepe, prosa poética. Efectivamente, se encoge el corazón en una especie de deseo de amar y de incomprensión por la falta de ese amor explícito entre madre e hijo.

José Biedma dijo...

¡Mujer, Ana, entre dejar al enfermo solo y traer a toda la reata de churumbeles y abuelos a la habitación doble del hospital creo yo que habrá un término medio! Lo de visitar a los enfermos es -no me cabe duda- una obra de misericordia (o de solidaridad, como hoy se dice muy confusamente), y el moribundo es un enfermo, y todos somos moribundos... Es lo que hace el amabilísimo vecino, la visita, la halaga por su confiture, le tira de la lengua, pero ella se tragó la lengua... ¡El beso frío que le da la señora como despedida! Ese desprecio tan cartesiano, abominable, del cuerpo y de los abrazos del cuerpo. Uno comprende por qué los franceses son maestros de la obscenidad, la obscenidad es el antídoto a ese espiritualismo sueco. Y es que el miedo tbn nos mantiene vivos.

José Biedma dijo...

Gracias, Amelia. Creo que forma parte de la evolución del hijo esa aparente frialdad con la madre, que no es tal, por eso el hijo ante el menor reproche se encoleriza... Superación del Edipo -diría Freud. Pero delante de la madre el varón también sentirá un irresistible deseo de atacar a la novia. No te preocupes, no te dirá que te quiere, pero al final, madre no hay más que una y a la otra la encontró en la calle.