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Depósito de ponencias, discusiones y ocurrencias de un grupo de profesores cosmopolitas en Jaén, unidos desde 2004 por el cultivo de la filosofía y la amistad, e interesados por la renovación de la educación y la tradición hispánica de pensamiento.

viernes, 21 de octubre de 2016

ENSEÑANDO A PLATÓN EN PALESTINA

Amor por la verdad y debate cultural moderado por la filosofía

Carlos Fraenkel se ha paseado por Palestina y otros países con Platón debajo del brazo. Fruto de sus encuentros con amantes de la filosofía de los 5 continentes es el libro titulado “Enseñando Platón en Palestina” 

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Para qué sirve la filosofía es una pregunta que los filósofos plantean a menudo y pocas veces responden.
Al menos no la responden sin rodeos ni reservas.  En la historia de la filosofía hallamos una serie de imágenes y modelos que ofrecen un papel útil y orientador. En la antigüedad tardía el filósofo y político Boecio que se veía en situación desesperada ante la muerte recurrió a la filosofía como un consuelo; hace casi dos mil años Cicerón, conocido retor romano la denominó “guía de la vida” y tres siglos y medio antes en los diálogos platónicos, vemos que Sócrates la utilizaba como partera para dar a luz mediante el diálogo los pensamientos de los que las almas están “embarazadas”. Desde entonces el arte de dar a luz, la mayéutica, es el distintivo de una filosofía útil, que no se encierra en los laberintos de la erudición solitaria, sino que busca el intercambio en un diálogo abierto.

Partera y moderadora

Carlos Fraenkel ha escrito un libro en el que podríamos decir que hace de la partera una moderadora y mediadora que puede ser utilizada en las discusiones interculturales e interreligiosas. Se titula “Enseñando a Platón en Palestina” y el subtítulo es expresivo: “utilidad de la filosofía en un mundo desgarrado”. Para poner a prueba la utilidad de su herramienta intelectual,  Fraenkel, que enseña filosofía en la universidad McGill de Montreal, ha viajado por los lugares del mundo más conflictivos, dentro y fuera del ámbito académico.

En la primera parte de su libro, asequible pero no simplificador nos informa sobre los talleres filosóficos que llevó a cabo entre 2006 y 2011: desde un seminario en la Universidad palestina Al-Quds de Jerusalén en el que se discutió sobre la filosofía política de Platón y los pensadores musulmanes y judíos de la Edad Media, hasta una discusión con estudiantes de la universidad Alauddin State Islamic en la ciudad indonesia de Makassar, que giró en torno a Aristóteles y los argumentos racionales de las escuelas islámicas; desde las intensas conversaciones en un bar de Manhattan con miembros de una secta jasídica interesados en la hermenéutica a partir de las dudas suscitadas por su fe, hasta los encuentros con alumnos y profesores en un suburbio de Salvador, la capital de Bahía, estado de Brasil, un país en el que la filosofía se ha convertido en asignatura obligatoria en todas las escuelas de secundaria, ya que es considerada como una necesidad para el ejercicio de los derechos cívicos.

Finalmente Fraenkel se encontró con representantes del pueblo de los Mohawk en Akwesasne que viven a lo largo del río san Lorenzo, entre Estados Unidos y Canadá y que a partir de su pasado colonial quieren pensar cuestiones sobre identidad, justicia y formas de gobierno.

Los temas de la justicia y la democracia salen una y otra vez en todas las discusiones. La colección de problemas que forman la materia de los conflictos de los que se trata en las conversaciones filosóficas en Jerusalén, Makassar y Nueva York, tiene su centro de gravedad en un punto de intersección entre religión y política. El tema principal es la controvertida relación  entre formas de vida y saber de salvación, creencia y saber, compromiso con la verdad y pluralismo, tradición y modernidad. El filósofo prudente procura que en los diálogos se ejerza el “Logos”, una razón argumentativa y ponderada. No tiene soluciones claras que ofrecer – sería totalmente contrario a la ética socrática que no busca quitarle la razón al contrario. En la representación de los diálogos el autor Carlos Fraenckel ha optado por la claridad en la descripción del problema frente a la pérdida de las certezas.

A esta claridad contribuye el punto de vista del moderador que parece haber establecido por todo: también las convicciones religiosas en las que parece que hoy muchos se refugian para tener la certeza de la fe, provienen de tradiciones en las que una y otra vez vemos que hay pluralidad de interpretaciones, que han dado lugar a diferencias y discusiones. Este es el punto de partida para la breve pero significativa parte del libro en la que Fraenkel resume la conclusión filosófica de sus excursiones por el mundo bajo el título “Diversidad y debate”.

El motor del pensamiento de Carlos Fraenkel no es el concepto de la paz sino el punto al que corresponde el ímpetu filosófico, la verdad. Por ello el autor no se hace portavoz ni del multiculturalismo ni el relativismo para el que todos los puntos de vista valen lo mismo, o no valen, de manera que acabamos en la indiferencia. Como Fraenkel señala, la indiferencia y el laicismo apoyan la expulsión de las creencias de la esfera pública e impiden el cuestionamiento.

Amor a la verdad y debate

La verdad a la que Fraenkel se refiere no es propiedad de nadie. Honrar la verdad significa estar dispuesto a intercambiar las propias convicciones que se tienen por verdaderas con las de los demás y no sólo defenderlas, sino también abandonarlas o cambiarlas. Brevemente y dicho de otra manera: no hay amor a la verdad sin debate cultural. Dado que ese amor a la verdad sólo se puede probar en las controversias, dicho amor da la bienvenida a la variedad de puntos de vista, perspectivas y culturas. Para poder vivir ese amor es precisa la conciencia de la propia falibilidad. Fraenkel acentúa este falibilismo que capacita para aprovechar el viento de la objeción que impulsa el propio pensamiento, nos propone revigorizar el concepto occidental de debate.

Esto son suposiciones, para quien siente que el saber y la fe están tan lejos que pertenecen a dos esferas separadas, la osadía de Frankel es demasiado grande. Habría que dar por bueno que la verdad de la fe tiene que asegurarse en el intercambio con otras verdades, como el autor parece sugerir de pasada en cierto momento. Sería demasiado bonito para ser verdad.  

1 comentario:

José Biedma dijo...

Interesante. Verdad se dice de muchas maneras, como el Ser. Y entre la verdad provisionalmente probada de la ciencia y la verosimilitud de la narración edificante hay infinidad de matices. Los mismos argumentos que pueden pasar por falacias, pueden ser relevantes ética y metafísicamente. Tal sucede con la cita, por ejemplo, que no es otra cosa sino un argumento de autoridad imprescindible en las humanidades. Incluso las tradiciones tienen también su valor, como el consenso, a falta de pruebas y demostraciones.
Igual que las hipótesis científicas deben someterse a contrastación experimental y las explicaciones científicas deben ser congruentes y no contener contradicciones. Los argumentos metafísicos -mucho más relevantes en la práctica y en la vida- deben ser contrastados en una discusión interminable, bienintencionada, que busque el entendimiento y el acuerdo, de la cual forma también parte, creo, su expresión estética...