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Depósito de ponencias, discusiones y ocurrencias de un grupo de profesores cosmopolitas en Jaén, unidos desde 2004 por el cultivo de la filosofía y la amistad, e interesados por la renovación de la educación y la tradición hispánica de pensamiento.

lunes, 1 de septiembre de 2014

MARTIN-HANNAH-KARL, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

MARTIN-HANNAH-KARL, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

escrito por Ana Azanza, 
dedicado a los amigos del Mochuelo pensador

He terminado la obra de Safranski “Heidegger, maestro de Alemania”, lectura provechosa para comprender al filósofo-poeta que ha dado y sigue dando que comentar a numerosos profesores de filosofía a lo largo y ancho del mundo. Por su productividad, la ruptura que suponen sus propósitos, su oscuridad, esteticismo y su talento literario indiscutible.






Me han llamado la atención muchos aspectos novedosos para mí. Por ejemplo, que Heidegger que tanta pasión filosófica despierta, era hijo del sacristán de su pueblo, y él mismo fue monaguillo y campanero. Quiero señalar que no son puntos que desdigan de él, de hecho sus conciudadanos reconocieron su talento. No como suele suceder entre nosotros, que en España nadie es profeta en su tierra es ley sin excepción. Antes bien al contrario, lo que yo saco de esa infancia el talento filosófico cae en cualquier parte, es imprevisible. Y por otra parte que Heidegger estuviera muy ligado a la iglesia católica en su infancia me lo tomo como una lección de la sociología de la filosofía que yo pensaba se aplicaba sólo al caso español tras leer a PacoVázquez. La lección a la que me refiero es que en los filósofos españoles de unas ciertas generaciones, ha sido muy común la importancia de la religión en sus vidas, por la educación o por haber pasado por las órdenes.
Heidegger estuvo quince días con los jesuitas, pero lo dejó por problemas de salud. Eso dice Safranski.

El capítulo que más me ha llamado la atención es el dedicado a la amistad entre los tres. Una amistad que empezó en la juventud y duró casi a lo largo de las tres vidas aunque con momentos de largos silencios impuestos por la guerra y otras circunstancias.

Ya advierto que intuyo mucha más franqueza, sinceridad y apertura de corazón a corazón, en la relación Jaspers-Arendt. En la relación Arendt-Heidegger se ve como un hechizo que lleva a incongruencias, como ella misma reconoce ¿quién no lo es alguna vez en su vida? Y por otra parte Safranski asegura que Heidegger era un hombre del que las mujeres tendían a enamorarse, y todavía más filosóficamente hablando Heidegger era como un mago que encantaba a la gente. Aunque no se le entendiera bien lo que decía.

 Le pasó con personas de todos los estratos sociales y países. Al final de su vida se cuenta de una familia sudamericana que sólo fue a su casa a verlo, y sin cruzar una palabra, se conformaron, con ver al genio y visitar su despacho. A partir de las 17 horas cualquier podía entrar de visita en casa del genio. Así que Heidegger el hechicero, de filósofos y no filósofos. Y mucho más hechicero de aprendices de filosofía.


Correspondencia Arendt-Jaspers


La franqueza en la relación Jaspers-Arendt:

“El retorcimiento es insoportable y el mero hecho de que ahora lo estira todo como si fuera una interpretación de Ser y Tiempo, indica que de nuevo todo saldrá retorcido. Leí la carta contra el humanismo, también muy problemática y ambigua en muchos sentidos: no obstante, es lo primero que está otra vez al antiguo nivel.”

Así juzga Hannah la primera publicación de Heidegger después de la guerra en una carta a Jaspers de 29 de septiembre de 1949. Había entrado nuevamente en contacto con Jaspers en 1945, desde 1938 no sabían nada uno del otro. Recuerdo que Jaspers acogió a Hannah Arendt en Heidelberg (1926) cuando la filósofa salió huyendo de Marburgo dado que Heidegger no iba a dejar a su familia por ella. Con Jaspers, realizó Arendt su tesis sobre san Agustín.

Dice en otra carta: “Desde que yo sé que ustedes dos (Jaspers y su mujer judía) han salido sanos del espectáculo infernal vuelvo a tener un poco más de sentido de patria en este mundo.” Hannah todavía no tenía ciudadanía de ningún país, se sentía al margen de la sociedad y creía que era la única forma entonces de existencia digna. Pero exageraba porque ya para entonces había obtenido cierta fama como escritora política. Vivía con modestia en NY y eso no le impedía enviar paquetes de comida cada mes al matrimonio Jaspers.

Tras la guerra Jaspers había pasado a ser alguien respetable. La proscripción durante la época nazi hizo que de la noche a la mañana se convirtiera en la conciencia de Alemania, cosa que le pareció un exceso y una lisonja hipócrita. En 1948 aceptó irse a la universidad de Basilea en parte por sustraerse a la lisonja en su país.

Hannah reanudó rápidamente la relación con Jaspers pero no sucedió lo mismo con Heidegger. Antes de salir de Alemania había visto como el rector Heidegger se convertía en un hombre del sistema. En los años del exilio le fue imposible aferrarse a lo “indestructible” que lo unía a él. Intenta romper hasta que tras el primer reencuentro escribirá: “esta noche y esta mañana son la confirmación de toda una vida.”

En 1946, Arendt había publicado en Partisan Review un artículo ¿Qué es la filosofía de la existencia? Sartre estaba de visita en EEUU y se encontró con la filósofa. Ella quiso explicar al público el trasfondo de la nueva moda que venía de Europa. En la versión alemana del existencialismo, desde Schelling a Heidegger, pasando por Nietzsche, se había contrapuesto la mismidad humana aislada, como lugar de la verdad, al todo social, considerado falso. Jaspers había superado esta tendencia. Heidegger era el punto cumbre del solipsismo existencial. El ser-en-el-mundo significa una pérdida de pureza originaria. Diciendo que la caída es todo lo que consiste en vivir con sus iguales en el mundo, Heidegger erraba en lo tocante a la condición humana. La coquetería de Heidegger con la propia “nulidad” le hace proclive a la “barbarie”, así lo veía entonces Arendt.

Hannah envía el ensayo a Jaspers con el miedo infantil del juicio riguroso del anterior maestro. Pero Jaspers que al abrir el paquete encuentra el manuscrito entre latas de Cornebeef, leche en polvo y tabletas de chocolate se “entusiasma”. Sólo protesta contra el rumor de que Heidegger prohibió a Husserl la entrada en la facultad, la verdadera historia de lo que ocurrió está en otro lugar del libro. Pero Hannah no cambia de opinión, ve en Heidegger un asesino potencial pues su conducta rompió el corazón de Husserl. Y Jaspers responde que comparte su juicio crítico contra sobre Heidegger.

Dos años más tarde Hannah se resiste a que se publique la Carta sobre el humanismo en Neue Rundschau pero cuando el 1 de septiembre de 1949 Jaspers le comunica que ha retomado la correspondencia con Heidegger se alegra.

Correspondencia Jaspers-Heidegger


La correspondencia se había reiniciado cuando Jaspers fue solicitado para revocar la prohibición de enseñar a Heidegger tras la guerra. Otro episodio, qué dijo Jaspers y qué efecto tuvo. Había escrito Jaspers al rector de Friburgo: “El sr. Profesor Martin Heidegger por sus trabajos filosóficos, es reconocido en el mundo entero como uno de los filósofos más importantes de la actualidad. En Alemania no hay nadie que lo supere. Su filosofar casi oculto, impregnado de empatía con las preguntas más profundas, pero que en sus escritos sólo puede descubrirse de manera indirecta, hoy día, en un mundo filosóficamente pobre, quizá lo convierte en una figura singular”. Habría de garantizarse, añade, que Heidegger pueda trabajar con tranquilidad y si lo desea, también enseñar.”

En marzo de 1949 se produjo la “desnazificación” de Heidegger, veredicto: “simpatizante”.  Tras negociaciones en la universidad, Heidegger pudo retomar sus clases en el semestre de invierno 1951-52.
En su primera carta del 6 de febrero de 1949 Jaspers sondea con precaución la posibilidad de poner fin a la situación de mutuo silencio del uno frente al otro. “Reciba mi saludo desde un pasado lejano, a través de un abismo del tiempo, aferrándome a algo que un abismo del tiempo, aferrándome a algo que fue y que o puede ser nada.”

Esta carta no le llegó a Heidegger. Por su parte éste intenta reanudar la relación: “A través de todo error  y confusión y a pesar de disgustos momentáneos, en mí ha permanecido intacta la relación con usted.” Heidegger propone el lugar del encuentro: la soledad del pensamiento: “En la creciente indigencia son pocos los guardianes del pensamiento….La opinión pública mundial y su organización no es el lugar donde se decide el destino humano. No hay que hablar de la soledad. Pero este es el único lugar donde pensadores y poetas asisten al ser en la medida de la capacidad humana. Mi saludo desde ese lugar.”

Jaspers responde con cierta desconfianza pero recibe gratamente el saludo. Ante Arendt comenta la carta de Martin: “Está enteramente en la especulación del ser, escribe ser con y griega (en vez de con i) (Seyn). Hace dos decenios y medio abordaba el tema de la existencia y en el fondo tergiversó el asunto. Ahora aborda algo todavía más esencial…Esperemos que no vuelva a tergiversar. Pero lo dudo ¿Se puede como alma impura…se puede, en medio de la falsedad, ver lo más puro?”

Arendt se muestra oscilante en su juicio. Se alegra de que ambos se vuelvan a escribir y dice: “Esa vida en Todtnauberg, lanzando improperios contra la civilización y escribiendo Sein con y, en verdad es sólo la ratonera en que se ha retirado, pues supone con razón que allí sólo han de llegar hombres que peregrinan llenos de admiración, no es fácil que nadie suba a 1200 metros para  montarle una escena.”

la cabaña de Heidegger en Todtnauberg


En noviembre de 1949 Arendt viaja a Europa con el fin de clasificar e inventariar tesoros culturales judíos robados por los nazis. Visita a Jaspers. El filósofo que sentía un cariño paternal por ella se entera de la historia de amor entre ella y Heidegger. “¡Ah!, eso es muy conmovedor”. Hannah respira hondo, se había imaginado que Karl Jaspers podía reaccionar con reconvención o celos. Ambos hablan extensamente de su común amigo: “El pobre Heidegger, estamos sentados aquí los dos mejores amigos que tiene y lo escrutamos hasta el fondo.”

Hannah duda en si debe viajar a Friburgo: “para alegrarse de Friburgo se necesita un valor bestial del que yo no dispongo” confiesa  a una amiga en enero de 1950. Le repelieron las cartas que Jaspers le había enseñado: “La misma mezcla de autenticidad y mendacidad o mejor decir, cobardía”. No obstante cuando llega a Friburgo el día 7 de enero envía una comunicación a Heidegger desde el hotel. Heidegger la invita a su casa y deja caer que su mujer Elfride está al corriente de su historia de amor. Unos días más tarde Hannah dirá: “Cuando el camarero pronunció tu nombre fue como si de pronto el tiempo se hubiera parado. Me llegó a la conciencia como un relámpago lo que antes no me había confesado a mí misma, ni a ti ni a nadie: que la fuerza de un impulso espontáneo…me protegió de cometer la única infidelidad imperdonable y de echar a perder mi vida. Pero hay una cosa que has de saber (puesto que nuestro contacto no ha sido muy frecuente ni excesivamente abierto) si lo hubiese hecho, habría sido sólo por orgullo, es decir por pura tontería loca. No por motivos concretos.”

Muestra con estas palabras que estuvo a punto de salir corriendo por “orgullo”, es decir, por miedo a ser hechizada de nuevo. No tenía ganas de verlo. Pero en febrero ya muestra que ha vuelto a caer “bajo los encantos” del filósofo. A Heidegger le dice que el encuentro fue la confirmación de una vida entera, pero a su amiga Hilde Frankel: “El no tiene en absoluto ninguna idea de que todo esto queda 25 años atrás, de que hace 17 que no me ha vuelto a ver”. Y comenta que Heidegger estaba en su habitación “como un perro de lanas mojado.”
Hannah Arendt y Heinrich Blücher

Tras ese primer encuentro Hannah escribe a su marido: “me parece que por primera vez en nuestra vida hemos hablado en verdad entre nosotros.” Ya no se siente alumna. Viene del mundo, tiene experiencia, es superviviente de la catástrofe, acaba de concluir “Los orígenes del totalitarismo” que le dará un éxito mundial. Pero Heidegger habla de otra cosa, de su implicación política, de que le “aconsejó el diablo”, se queja de su proscripción en la universidad. Hannah se encuentra ante un hombre terco, compungido y amargado que necesita ayuda. Y ella se la dará. Emprenderá negociaciones en EE UU a favor de Heidegger, preparará contratos, revisará traducciones, enviará paquetes de libros, víveres, discos. El contesta tiernamente, a veces incluye un peciolo de grama, describe su mirada desde la ventana, recuerda el vestido verde que ella llevaba en Marburgo de joven. Y transmite saludos de Elfride.

Heidegger quería un encuentro y alianza a tres que nunca funcionó. Hannah fue muy dura con Elfride. Guardó las formas pero a su marido Heinrich Blücher confiesa:

“Luego, hoy a primera hora se produjo otra confrontación con su mujer, que sin duda le trae el infierno a la tierra desde hace 25 años, o desde que se enteró que su marido era compartido. Y él, que según es notorio miente siempre y en todas partes, dondequiera que pueda, como resultado de una maldita conversación a tres declaró que obviamente nunca había negado a lo largo de los 25 años que ésta había sido la única pasión de su vida. Me temo que la mujer, mientras yo viva, estará dispuesta a ahogar a todos los judíos. Por desgracia, ella es simplemente estúpida en sumo grado”.

Heidegger lo vivió como una reconciliación y ya hacía planes para encontrarse los cuatro. En su única carta a Elfride intenta mantener el equilibrio entre la intimidad un poco forzada y la distancia que siempre habrá entre ambas. Hannah reconoce sentirse castigada suficientemente por el pasado, se fue de Marburgo con el propósito de no amar más y sin embargo se había casado. Y como ha hecho penitencia no admite reproches por el pasado.

Cuando dos años más tarde vuelve de visita, el idilio forzado a tres ha desaparecido. Escribe a su marido Heinrich Blücher: 

“La mujer ha caído en una medio idiotez por celos, que han crecido notablemente en los años en los que sin duda ha esperado constantemente que él me olvidara sin más. Esto se mostró ante mí en una escena medio antisemita sin estar él presente. En general las persuasiones políticas de la dama son inalterables ante cualquier experiencia y están empapadas de una estupidez  tan condenada, maligna y cargada de resentimiento, que puede entenderse todo lo que sucede contra él…” Para Hannah la mujer tiene la culpa de todo. Lo que en sus cartas a Jaspers había calificado de “impureza” es resultado de contaminación por el contacto con Elfride.

Pero Safranski opina que Arendt se equivocaba. Elfride fue una buena mujer que se había casado con Heidegger cuando no había indicios de su posterior fama. Mientras él  fue Privatdozent ella alimentó a la familia trabajando de maestra. Era una mujer emancipada que había estudiado Economía. Asistió a su marido en los períodos duros (ruptura con la iglesia católica, época de la proscripción universitaria). Puso las circunstancias para que Martin se dedicara tranquilamente al pensamiento. La idea de la cabaña en Todtauberg fue suya. Se hizo nacionalsocialista antes que Heidegger y mucho más convencida antisemita y racista. Veía en el nacionalsocialismo la emancipación de la mujer. Su ideología la hizo temida en el vecindario y en la época de la desnazificación fue un problema para Heidegger.



Correspondencia Heidegger y Elfride



Elfride comprendió la pasión de su marido por “la cosa del pensamiento” e hizo todo lo posible por allanarle el camino, ocupándose de la educación de los hijos, facilitando la soledad al pensador y a la vez el sentimiento hogareño. Heidegger le dio motivos de celos, pues su marido tenía gancho con las mujeres, pero nunca pensó en separarse de ella. El soñaba con una alianza a tres que fue imposible, retener a Elfride amante esposa y recuperar a Hannah como amiga entrañable. Esta alianza no la querían ninguna de las dos. Los celos movilizaron en Elfride todos los prejuicios antijudíos y para Hannah el matrimonio Heidegger era un ejemplo de alianza entre “la chusma y la élite”, una de sus teorías desplegadas en “Los orígenes del Totalitarismo”.



Hannah se ve como un ángel de la guarda para Heidegger, así se puede deducir de lo que le escribe a su marido tras una visita de 1952. A sus ojos él es un ser superior y quiere ayudarle a mantener su productividad. Le dan miedo las depresiones que una y otra vez se apoderan de él, pero si está activo, escribiendo, no hay que temer. Hannah le ayudó a preguntar y le ayudó a responder.

“Vita activa”, principal obra filosófica de Arendt saldrá en 1960. Se la envía a Heidegger diciéndole que se le debe entera, que nació en los primeros días de Marburgo.

Hannah en una carta que no envió, señalaba que “había guardado y no había guardado fidelidad” a su maestro, “si bien había hecho ambas cosas con amor.”
¿En qué le fue fiel? En que como dice Heidegger la relación del hombre con el mundo no es primariamente cognoscitiva, sino que se despliega desde el cuidado y la acción, dicha acción es un acontecer que abre. Pero Heidegger distingue entre esa apertura  y la “esfera pública”. La esfera pública lo oscurece todo, en ella el ser-ahí es dominado por el uno. Heidegger contrapone la propiedad a la esfera pública.




Pero Arendt considera que también en lo público puede realizarse la idea de la propiedad. Hannah piensa que hay autenticidad en la conciencia de la pluralidad, o sea, que ser-en-el-mundo significa poder compartir y configurar un mundo junto con muchos. Hay que tomarse en serio la pluralidad de los hombres. Es una traición de la filosofía a la política desacreditar a los “muchos” en nombre de la autenticidad del individuo singular. Recurriendo a los griegos, resalta a Tucídides que ya se dio cuenta de que el mundo común de todos nosotros está hecho y considerado de y desde infinitos puntos de vista. Los griegos aprendieron a ver lo mismo bajo muchos aspectos con frecuencia opuestos.
Frente al rechazo que a Heidegger le provocan “las habladurías” del mundo, dice Hannah Arendt que el mundo se volvería inhumano si no fuese constantemente comentado por los hombres.

Arendt se apoya en el concepto de verdad como desocultación, pero el acontecer de la verdad se produce en las comedias y tragedias de los hombres que interactúan entre sí. No se centra en la relación del hombre con las cosas. “Al actuar y hablar, los hombres revelan en cada caso quiénes son, y muestran activamente la peculiaridad personal de su esencia; por así decirlo, comparecen en el escenario del mundo”.

A mí parecer este descubrimiento de Arendt con todas las implicaciones que hay detrás de asimilación de la filosofía de su maestro, valdría por si solo para hacer de ella una de las mayores pensadoras. A su pesar, que no quería llamarse filósofa.

Dado que el intercambio de los hombres entre sí tiene rasgos escénicos, todo el mundo que aparece puede convertirse para ellos en escenario. El “mundo” es el espacio social entre los hombres y ante los hombres. No es la suma de todos, hombres, cosas y sucesos, sino el lugar donde se encuentran, el todo es mayor que la parte en este caso, es “mundo”. El “entre” aparece de manera especialmente dramática en la relación “entre”, valga la redundancia, Heidegger y Arendt. Ella tenía la impresión de que o se entregaba a él o se autoafirmaba frente a él. Por la relación sentimental, de amor y amistad, y a la vez por la relación magisterial que hace inevitable “matar al padre” para seguir pensando. En esa relación el mundo intermedio tenía que quemarse. No quedaba espacio de libre encuentro.

La distinción de “trabajar”, “producir”, “hacer”, actividades humanas en el mundo señaladas por la filósofa se apoyan en el ser-en-el-mundo de Heidegger. Trabajar sirve para la conservación biológica de la vida, trabajo y descanso forman un círculo sin fin que no es “formador de mundo”.
De la “producción” por el contrario resultan objetos. Cosas que afirman su puesto en el mundo que dan a la existencia un elemento de duración, aunque no de eternidad.
Pero la “acción” es la que arranca al hombre del círculo vital, de la rutina de las acciones que repetimos para sobrevivir. En la acción los hombres muestran quienes son, constituye el teatro del mundo, los dramas del amor, celos, amistad, política, guerra, conversación, educación…sólo porque los hombres son libres actúan en todos esos escenarios. La multiplicidad de acciones que se cruzan hacen de la historia un todo incalculable, la historia no es una máquina, ni la individual ni la colectiva, aunque no falten intentos de verla como tal.
En el último tomo de “Sobre la vida del espíritu”, escrito final en la vida de Arendt que no vió la luz definitivo y acabado, “mató al padre”, puesto que sospecha que Heidegger con su “historia del ser” cae una especie de gnosis. Como todos aquellos filósofos que no quieren admitir la contingencia de lo humano, a los que la espontaneidad les parece problemática.

Si Heidegger en los años en que Arendt era una estudiante escribía sobre el “precursar de la muerte como logro de la propiedad”, Hannah responderá complementariamente, como hacen los amantes, con una filosofía de la “natalidad”.
“El milagro que interrumpe siempre de nuevo la marcha del mundo y el curso de las cosas humanas salvando su perdición es en definitiva el hecho de haber nacido”. Lo dice ella, una judía que había conseguido huir de la muerte y en su forma más terrible de sufrimiento y degradación.

Desde la filosofía del nuevo comienzo, desarrolla Arendt su idea de la democracia. En la convivencia cada uno puede empezar y se aprende a vivir en la discrepancia, pues cuando nos encontramos en un mundo común, la primera experiencia es que procedemos de principios diferentes. Un nuevo comienzo colectivo sólo es posible si se dan la promesa y el perdón. Los procesos que desatamos en el mundo son algo irrevocable e imprevisible y el único medio de salvación frente a lo hecho que no se puede cambiar está en la capacidad humana de perdonar. Frente a la inseguridad del futuro tenemos la capacidad de hacer promesas y mantenerlas.

Hannah Arendt se había prometido ser fiel en su adhesión a Heidegger y sólo pudo mantener esa promesa porque tuvo la fuerza de perdonarlo. A pesar de que él le puso las cosas difíciles más de una vez.

En su viaje de 1955 a Alemania Hannah no lo visita. La filósofa era ya una gran estrella y se paseaba para presentar su éxito “Los orígenes del totalitarismo”. Sabía que Heidegger notaría que ella no le iba a poder ofrecer su atención indivisa. Fue una marcha triunfal por su país de origen y en sus conferencias arremetió contra los mandarines de la época nazi, que se habían dejado arrastrar por la pura fuerza bruta, sin reparos, y la fe en una necesidad sustraída a toda comprensión humana que les hizo minusvalorar los lazos preexistentes en la sociedad. Triviliades frente al destino de Alemania.
Estos juicios tenían que impactar a Heidegger que había dado una ojeada al libro y como los demás alemanes se sorprendió por lo que Hannah llamó “la alianza momentánea entre la chusma y la élite”. El podía estar de acuerdo en que todos los sistemas totalitarios son semejantes entre sí. Pero no debía de ser agradable recordarle que después de la guerra se justificaba diciendo que vió el nacionalsocialismo  como un intento de salvar a Occidente del comunismo. Quizás Arendt sabía que eso no le iba a gustar y por eso no lo visitó.




Tras el juicio y el libro de Eichmann que tanta polvareda levantó, Hannah fue a Friburgo. Anunció su llegada a Heidegger que no dió señales de vida. Invitada en casa de un profesor de derecho quiso ver a Eugen Fink, antiguo camarada de estudios. Pero él rechazó bruscamente la invitación. El conjunto de detalles el permite concluir de que Heidegger está detrás del rechazo. Unos meses más tarde escribe a Jaspers:

“Lo de Heidegger si es una historia sumamente fastidiosa…Mi explicación…es que en el invierno pasado le envié por primera vez uno de mis libros…Sé cuán insoportable le resulta que mi libro aparezca en público, que yo escriba libros, etc. Frente a él yo he llevado una vida entera de engaño, he hecho como si todo eso no existiera y como si yo, por así decirlo, no supiera contar hasta tres, de no ser en la interpretación de sus propios asuntos; en tal caso le encantaba que se viera cómo yo sabía contar hasta tres y a veces incluso hasta cuatro. Pero de pronto, el engaño se ha hecho demasiado aburrido, y entonces me dan con la puerta en las narices. Por instantes, estuve muy furiosa, pero ahora ya no lo estoy. Opino más bien, que yo lo he merecido de alguna manera, tanto por jugar al engaño, como por acabar súbitamente con el juego.”

Pasaron cinco años para que Heidegger escribiera de nuevo a Hannah, para felicitarle con ocasión de su 60 cumpleaños. La carta iba acompañada de una postal de Todtnauberg y de una poesía con el título de “Otoño”.

A principios de aquel año, 1966 había aparecido en Der Spiegel un artículo que se ocupaba del nacionalsocialismo de Heidegger. Hannah escribe a Jaspers que los instigadores son la gente en torno a Wiesengrud-Adorno. Jaspers, contra la sospecha de que Heidegger nunca lo visitó a causa de su mujer judía, sale en defensa de éste: “En realidad Gertrud y yo fuimos cada vez más indiferentes para él.” Jaspers le escribe a Hannah que todo ocurrió sin intención.

Cuando tres años más tarde muera Jaspers, se encuentran en su escritorio anotaciones sobre Heidegger. Después de la reanudación de relaciones entre 1949 y 1952, Jaspers ya no pensaba ni en intercambio epistolar ni en un encuentro personal.

Hannah había animado a Heidegger en su primera visita tras la guerra a manifestarse abiertamente frente a Jaspers y acto seguido Heidegger escribió: “Si desde 1933 no he vuelto a estar en su casa, no es porque allí viva una mujer judía, sino simplemente porque estoy avergonzado”. Jaspers le dio las gracias por la explicación franca pero luego guardó silencio durante dos años. Cuando le vuelve a escribir el 24 de julio de 1952 se nota que desconfía del tono oracular de Heidegger. Este había escrito que la “cosa del mal” no ha terminado todavía y que, en la actual falta de patria, se prepara un “adviento”, “cuyos gestos más lejanos quizás nosotros podemos experimental y captar todavía en un soplo quedo, a fin de custodiarlos para un futuro”.
Jaspers respondió: “Una filosofía como la que se vislumbra y poetiza en tales frases en su carta, y que produce la impresión de un monstruo, ¿no es de nuevo una preparación de la victoria de lo totalitario, por el hecho de que separa de la realidad?”. En relación con el adviento de Heidegger comenta: “En tanto yo soy capaz de pensar, eso es pura ensoñación, en la serie de los muchos sueños que… en este medio siglo se han burlado de nosotros”.

Después de esa carta de 1952 Heidegger y Jaspers sólo intercambian felicitaciones de cumpleaños. En 1956 un escrito de Heidegger de homenaje a Ernst Jünger colmó a Jaspers. Decía:

“Quien hoy pretende penetrar y seguir más claramente el preguntar metafísico en el todo de su peculiaridad e historia, allí donde se mueve tan a gusto, sintiéndose superior, en espacios claros, debería pensar un día de donde ha tomado la luz para ver con mayor claridad”.

Jaspers anotó al respecto:

“A juzgar por los juicios lingüísticos elegidos, por desgracia no hay ninguna duda de que se refiere a mí… Aquí comienza una falta de respeto con la que yo no sigo jugando”. En este año Hannah Arendt fue llamada a una especie de “comentario general” sobre Heidegger. Hannah le contó a su marido que Jaspers le planteó “casi un ultimátum por causa de Heidegger”. Exigía una ruptura de relaciones. “Yo me enfurecí y dije que no me dejaba plantear ningún ultimátum.”

Heidegger no dejó anotaciones sobre Jaspers. En las relaciones entre ambos, el cortejado era Heidegger. Jaspers había descubierto en él un carisma filosófico, bajo cuyo hechizo cayó una y otra vez. No hay una experiencia correspondiente de Heidegger en relación con Jaspers. Y sin embargo, fue Heidegger quien en los años 20 habló por primera vez de una comunidad de lucha, de una revolución en nombre de la existencia contra la filosofía de los profesores. Fue Heidegger el que primero habló de amistad e incluso de amor.

“Desde septiembre de 1923 vivo en relación con usted desde el presupuesto de que en su persona tengo a un amigo. Esa es la fe que lo soporta todo en el amor”.





Ambos se esforzaron por la amistad pero ninguno de los dos leyó apenas los escritos del otro. El único libro de Jaspers que Heidegger trabajó a fondo fue “Psicología de las concepciones del mundo”. Pero Jaspers apenas reaccionó a la recensión. Estaba más interesado por las conversaciones con Heidegger que por sus escritos. Con frecuencia anotaba durante su lectura de Heidegger: “no lo entiendo”.

Jaspers en “Filosofía” de 1932 había resaltado como Heidegger que la tarea fundamental de la filosofía es la “busqueda del ser”. Pero él buscaba de otra manera. El ser es para Jaspers lo “envolvente” que sólo es experimentable en el movimiento de la libertad, en el trascender. Lo “envolvente” tampoco puede aprehenderse mediante pensamientos filosóficos.

En una anotación de 1956 Jaspers contrasta su posición y la de Heidegger.

“H: el pensamiento mismo es ser, es el hablar sobre él y apuntar hacia él, sin alcanzarlo.
J. el pensamiento tiene una importancia existencial, y esta importancia existencial queda atestiguada (expresada, preparada) en la acción interior del que medita, hasta hacerse real en la praxis, cosa que no puede suceder en la obra filosófica”.

También Heidegger había notado esa diferencia, formulándola en el curso dedicado a Nietzsche en el invierno de 1936-1937. Para Jaspers, dice, en el fondo la filosofía es solamente “una ilusión cuya finalidad se cifra en el esclarecimiento moral de la personalidad humana”. Jaspers “ya no toma en serio” el saber filosófico. En él la filosofía se convierte en una “psicología moralizante de la existencia del hombre”.

Jaspers sospecha que la supravaloración del pensamiento en Heidegger se relaciona con el hecho de que éste, a pesar de su polémica contra la ciencia, en realidad todavía no se ha separado de la idea de una “filosofía científica”. Insiste demasiado en el rigor de los conceptos y en la arquitectura meramente imaginada de la construcción del pensamiento. Como una obra así construida, artificiosa, percibía Jaspers “Ser y tiempo”. En la obra tardía de Heidegger notaba la ruptura con la cientificidad, pero veía en ello el otro extremo, una independización del lenguaje. Este se preocupa de sí mismo y se convierte en arte, o se presenta como revelación del ser y entonces se hace magia. Jaspers fue muy escéptico ante la filosofía del lenguaje de Heidegger. Para Jaspers el lenguaje no es la casa del ser, porque el “ser”, como lo “envolvente” no tiene cabida en ninguna cápsula, ni siquiera en el espacioso recipiente del lenguaje. Jaspers le habia dicho en una carta de 1949 a Heidegger:

“El lenguaje por la comunicación ha de llevarse a su supresión en la realidad misma, mediante la acción, la presencia, el amor.”

Jaspers en quien la filosofía llega a su fin cuando se convierte en acción interior de la existencia, nota claramente en Heidegger la voluntad de la filosofía como obra. Cada “obra” acentúa los límites frente al resto de la vida. Para Jaspers estaba claro que su propia filosofía no se acababa en una “obra” y él lo consideraba como una ganancia para el filosofar. Comenta sobre Heidegger:

“Es desde el principio una obra específicamente filosófica, que conserva su acto de lenguaje y su tema como algo delimitado en particular y sacado fuera del resto de la vida… Mi manera tiene algo ilimitado… En mi manera de pensar no hay ninguna separación entre pensamiento cotidiano y filosofía, entre disertación en la cátedra y entretenimiento vivo.”

A pesar de esa crítica, Jaspers mantiene que, en un mundo filosóficamente pobre, Heidegger es una figura singular. En su última obra sobre Heidegger escribe:

“Allá arriba en la montaña, en una amplia  y rocosa altiplanicie se encontraban desde antaño los filósofos de su época. Desde allí la mirada se desliza hacia abajo, posándose primero en los montes nevados y luego, más profundamente todavía, en los valles donde habitan hombres, y por doquier bajo el cielo en el lejano horizonte. Sol y estrellas son allí más claros que en cualquier otro lugar. La atmósfera es tan pura que absorbe todo lo turbio, tan fresca que no deja subir ningún humo, tan clara que se produce una elevación del pensamiento a la inmensidad de los espacios. El acceso no es difícil. El que asciende por muchos caminos ha de estar decidido a abandonar una y otra vez su morada por un tiempo, para experimentar en esta altura lo que propiamente es. Allí entran los filósofos en una lucha sorprendente, despiadada. Están poseídos por poderes que combaten entre sí a través de los pensamientos, los pensamientos humanos… Parece que hoy ya no puede encontrarse a nadie allí. Pero a mí me pareció como si yo, buscando en vano en las especulaciones eternas a hombres que las encontraran importantes, hallara a uno y a nadie más. Pero éste era mi cortés enemigo. Pues los poderes a los que servíamos eran inconciliables. Pronto estuvo claro que no podíamos hablar entre nosotros. La alegría se convirtió en dolor, en un dolor singularmente desconsolado, como si se desperdiciara una posibilidad que estaba al alcance de la mano. Así me fue a mí con Heidegger.”

los valles de Heidegger, Todtnauberg












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